Raíces profundas y connotaciones estructurales

Nada autoriza a afirmar que los presidentes de nuestros días sean los inventores de ese estilo de gobierno marcado a fuego por la fuerte concentración del mando. Por el contrario, esa práctica impuesta por imperio de circunstancias difíciles de eludir cuando se manejan las riendas del poder, trasciende la coyuntura de determinadas presidencias singulares para erigirse en la continuadora de una recurrencia institucional instalada desde hace tiempo en la vida política del país. La literatura histórica de varias generaciones de estudiosos nos revela que ese estilo de gobierno tendría raíces profundas y connotaciones estructurales que reaparecerían una y otra vez con rostros nuevos y modalidades diferentes.
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Para interpretar la instancia y proyectar sus efectos me pareció útil registrar procesos y señalar tendencias, conociendo lo que es por lo que fue, ya que mirar el pasado es también ocuparse del presente. En esa puesta en acto la simetría de la historia nos prodiga sus evidencias ejemplares, vinculando la actual hegemonía presidencial con la antigua y legendaria figura del virrey; con la autoridad intensa de los secretarios, triunviros y directores de los primeros gobiernos patrios; con la figura carismática de los caudillos “gobernadores-propietarios”; con los gobiernos fuertes en tiempos de la Organización Nacional, con la tendencia dominante instalada en el convulsionado siglo XX. Cuando en las puertas del tercer milenio se puso en cuestión la asimétrica correlación de fuerzas, la Constitución reformada en 1994 incorporó entidades nuevas y asignó facultades compartidas que ni en el fondo ni en la forma alteraron en lo más mínimo la proyección histórica de nuestra concentrada autoridad presidencial. Con el poder de la analogía Juan Bautista Alberdi asumía el dicho atribuído a Simón Bolívar para afirmar que nuestra república necesitaba “…reyes con el nombre de presidentes”; con la seducción de la metáfora un respetado constitucionalista del siglo XX pudo afirmar que nuestro presidente “…es un heredero legítimo del virrey”.

* Selección de textos. Anticipo del libro de Alberto Castells, Reyes con el nombre de presidentes”, de próxima publicación.

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